jueves, 20 de abril de 2017

miércoles, 19 de abril de 2017

Modelos de dispersión en terrenos complejos (I)

Cuando se tienen que determinar las concentraciones de contaminantes en un terreno estructurado, a veces es necesario incluir los efectos topográficos en los modelos de dispersión de los contaminantes. Estos efectos son, por ejemplo, el transporte según la topografía o los sistemas de vientos térmicos como brisas marinas o vientos de montaña, que cambian su dirección en el transcurso del día.
Si estos efectos tienen lugar a una escala mucho mayor que el área del modelo, su influencia puede considerarse utilizando datos meteorológicos que reflejen las características locales. Si no se dispone de este tipo de datos, puede obtenerse la estruc- tura tridimensional del flujo en la topografía utilizando un modelo de flujo adecuado. A partir de estos datos se obtiene un modelo de dispersión suponiendo que existe homogeneidad horizontal, como se describió antes para el modelo gaussiano de penacho. Sin embargo, cuando las condiciones del viento varían de forma significativa dentro del área del modelo, el modelo de dispersión debe tener en cuenta el flujo tridimensional afectado por la estructura topográfica. Como hemos visto ya, esto puede realizarse con un modelo gaussiano de ráfaga o con un modelo de Lagrange. Otra alternativa es utilizar el modelo más complejo de Euler.
Para determinar la dirección del viento de acuerdo con la estructura topográfica del terreno, puede utilizarse un modelo de flujo de diagnóstico o de masa constante (Pielke 1984). En estos modelos, el flujo se adapta a la topografía modificando al mínimo los valores iniciales y manteniendo su masa constante. Puesto que con este modelo se obtienen resultados rápidos, puede utilizarse también para calcular estadísticas del viento en un determinado lugar cuando no se dispone de observaciones.

martes, 18 de abril de 2017

EVALUACIONES DE IMPACTO AMBIENTAL (II)

Lamentablemente, en inglés, como en otros idiomas, la voz “impacto” no tiene una connotación positiva. La noción de impacto se asocia casi por antonomasia a la de daño. Por consi- guiente, cuando la práctica de evaluar el impacto ambiental se extendió de Estados Unidos a Canadá, Europa, Asia suroriental y Oceanía, numerosos gobiernos —y sus asesores— prefirieron desmarcarse de las connotaciones negativas del término “impacto” y nació la expresión “evaluación ambiental” (EA). Así, la evaluación de impacto ambiental y la evaluación ambiental son conceptos idénticos, excepto en Estados Unidos y un reducido grupo de países que han adoptado el sistema norte- americano, en los que EIA y EA poseen unos significados precisos y diferenciados. Aunque en el presente artículo se menciona únicamente la evaluación de impacto ambiental, el lector no debe olvidar que su contenido es aplicable en su tota- lidad a la evaluación ambiental y que ambas expresiones se utilizan internacionalmente.
Además de la elección del término “impacto”, el contexto en que se aplicó la evaluación de impacto ambiental (especialmente en Estados Unidos y Canadá) influyó en ciertas concepciones de la EIA que eran —y, en algunos casos, son todavía— comunes entre los políticos, altos funcionarios y “promotores inmobilia- rios” de los sectores público y privado. La planificación de la explotación del suelo era escasa en Estados Unidos y Canadá, y los trabajos de preparación, tanto de las declaraciones sobre impactos ambientales, como de los informes de EIA, eran a menudo “secuestrados” por grupos interesados y prácticamente convertidos en una labor de planificación. Esto alentó la produc- ción de voluminosos documentos de varios tomos, laboriosos y costosos de producir y, por supuesto, virtualmente imposibles de leer y de tomarse como base de actuación. A veces, los proyectos se demoraban hasta la finalización de esta actividad, con la consiguiente irritación de promotores e inversores.

lunes, 17 de abril de 2017

EVALUACIONES DE IMPACTO AMBIENTAL (I)

La expresión utilizada como título del presente artículo, “evalua- ciones de impacto ambiental” ha sido reemplazada de forma creciente, aunque no generalizada, por la de “evaluaciones ambientales”. Un análisis somero de la razón de este cambio de denominación nos ayudará a definir el carácter esencial de la actividad que unos y otros nombres designan, así como uno de los principales factores que subyacen en la oposición o la reti- cencia al empleo del término “impacto”.
En 1970 se promulgó en Estados Unidos la Ley nacional de política ambiental, en la que se fijan los objetivos de la política ambiental de la administración federal y se reconoce la nece- sidad de tomar en consideración los factores ambientales en la toma de decisiones. Ciertamente, es fácil formular objetivos polí- ticos, pero más difícil alcanzarlos. Para darle más “mordiente” al texto legal, el legislador introdujo en él una disposición por la que se exigía que la administración federal elaborase una “Declaración de impacto ambiental” para cada actuación prevista “capaz de alterar sustancialmente la calidad del medio ambiente humano”. Habría que examinar el contenido de este documento antes de tomar una decisión sobre el inicio de la actuación prevista. El trabajo de preparación de la Declaración de impacto ambiental dio en denominarse “evaluación de impacto ambiental” (EIA), dado que comprendía la identifica- ción, predicción y evaluación de impacto de las actuaciones federales previstas.

domingo, 16 de abril de 2017

Conclusiones - CONVENIOS INTERNACIONALES SOBRE EL MEDIO AMBIENTE

Como se ha intentado poner de relieve en este breve examen, en los dos últimos decenios se ha producido un cambio sustancial en la actitud de la comunidad internacional ante a la conservación y ordenación del medio ambiente. Parte de este cambio ha sido el sustancial incremento del número y el alcance de los acuerdos internacionales sobre el medio ambiente. La prolifera- ción de nuevos convenios ha estado acompañada por la apari- ción de nuevos principios e instituciones. El principio de que el que contamina paga, el principio cautelar (Churchill y Frees- tone 1991; Freestone y Hey 1996) y la preocupación por los dere- chos de las futuras generaciones se han reflejado en los convenios internacionales anteriormente citados. La importancia del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y de las secretarías creadas con objeto de supervisar y gestionar el volumen creciente de ordenamientos nacidos de los tratados ha inducido a los tratadistas a reconocer que, al igual que ha ocurrido, por ejemplo, con el derecho internacional de los derechos humanos, el derecho internacional ambiental ha emergido como una rama autónoma del derecho de gentes (Freestone 1994). La CNUMAD, que ha prestado una contribu- ción sustancial a este proceso, ha elaborado una importante agenda, buena parte de la cual no se ha materializado. Quedan por adoptarse algunos protocolos detallados que confieran sustantividad al marco creado con el Convenio sobre el cambio climático y, quizás también, al Convenio sobre Biodiversidad. La preocupación por el impacto ambiental de las pesquerías de altura inspiraron el Acuerdo de las Naciones Unidas sobre los bancos de peces pelágicos y altamente migratorios, suscrito en 1995. También en 1995 se celebró una Conferencia de las Naciones Unidas sobre las fuentes terrestres de la ontaminación marina, que, según se reconoce en la actualidad, causan más del
70 % de la contaminación total de los océanos. Las repercusiones ambientales del comercio internacional y de la deforestación y la desertización constituyen otros tantos problemas que habrá que abordar en el futuro en el ámbito mundial, mientras prosigue el esfuerzo por enriquecer nuestro conocimiento de impacto de la actividad humana en los ecosistemas mundiales. El reto que deberá afrontar este derecho internacional ambiental emergente no consiste simplemente en reaccionar con un aumento del número de convenios sobre el medio ambiente, sino también en ampliar sus efectos y su eficacia.