jueves, 31 de julio de 2008

Fuentes de ignición eléctrica

La maquinaria mecánica, los instrumentos y equipos de calefacción alimentados con energía eléctrica, así como los equipos de transformación mecánica y de iluminación no suelen suponer un riesgo de incendio para su entorno siempre que se instalen de acuerdo con la correspondiente normativa en materia de seguridad y de instalación y se observen durante su funcionamiento las instrucciones necesarias. Un mantenimiento regular y una supervisión periódica disminuyen considerablemente la probabilidad de incendios y explosiones. Las causas más frecuentes de incendios en equipos eléctricos y cableados son la sobrecarga, los cortocircuitos, las chispas eléctricas y las resistencias de alto contacto.
Se produce una sobrecarga cuando el cableado y los aparatos eléctricos soportan una corriente superior a la fijada por diseño. La sobrecorriente, al pasar a través del cableado y del aparato, provoca un calentamiento excesivo que daña, rompe o carboniza los componentes del sistema eléctrico y funde el recubrimiento del cable; las partes metálicas entran en una combustión sin llama, las unidades estructurales combustibles entran en ignición y, si se dan ciertas condiciones, puede llegarse incluso a la propagación del incendio en el entorno. La causa más frecuente de sobrecarga suele ser la conexión de un número de aparatos superior al permitido o de capacidad superior al valor estipulado.
Desde el punto de vista de la seguridad laboral de los sistemas eléctricos, uno de los mayores peligros son los cortocircuitos. Siempre son consecuencia de un fallo y se producen cuando partes del cableado eléctrico o del equipo aisladas entre sí y a tierra, contactan entre sí o con tierra. Este contacto puede ser directo, como en el contacto metalmetal, o indirecto, a través de un arco eléctrico. Cuando se produce un cortocircuito porque algunas unidades del sistema eléctrico entran en contacto entre sí, la resistencia es mucho menor y, como consecuencia, la inten- sidad de la corriente es extremadamente alta. La energía calorífica liberada durante una sobrecarga originada por grandes cortocircuitos puede dar lugar a un incendio en el mecanismo afectado, entrando en ignición los materiales y equipos próximos y propagándose el fuego al edificio.

Aunque las chispas eléctricas son fuentes de energía calorífica de naturaleza reducida, en la práctica actúan con frecuencia como fuentes de ignición. En condiciones normales de trabajo, la mayoría de los dispositivos eléctricos no producen chispas, aun cuando el funcionamiento de algunos de ellos suela ir acompañado de ellas.
Las chispas son muy peligrosas cuando en la zona donde se generan existen concentraciones explosivas de gas, vapor o polvo. Por tanto, los equipos que normalmente producen chispas durante su funcionamiento sólo pueden instalarse en lugares en que éstas no puedan provocar un incendio. El contenido energético de las chispas es insuficiente por sí mismo para provocar la ignición de los materiales del entono o para iniciar una explosión.
Cuando en un sistema eléctrico no existe contacto metálico perfecto entre las unidades estructurales a través de las cuales fluye la corriente, en el punto de fallo aparecerá una resistencia de alto contacto. Este fenómeno se debe, en la mayoría de los casos, a un montaje incorrecto de las juntas o a instalaciones inadecuadas. La separación de las juntas durante el funciona- miento y el desgaste natural también pueden provocar resistencias de alto contacto. Gran parte de la corriente que fluye a través de los puntos con aumento de resistencia se transformará en energía calorífica. Si esa energía no se disipa suficientemente (y no se elimina la causa), se producirá un fuerte incremento de temperatura que puede provocar un peligroso incendio.
Si los mecanismos operan por inducción (motores, dínamos, transformadores, relés, etc.) y no están bien calculados, pueden surgir corrientes parásitas durante el funcionamiento que harán que se calienten las unidades estructurales (las bobinas y sus núcleos de hierro), provocando la ignición de los materiales aislantes y la combustión del equipo. Las corrientes parásitas también pueden surgir (con consecuencias desastrosas) en las unidades estructurales metálicas de equipos de alto voltaje.

miércoles, 30 de julio de 2008

Protección en atmósferas explosivas

En atmósferas explosivas, es el propio ambiente el que resulta ser sensible a las descargas electrostáticas, que de ocurrir podrían dar lugar a ignición o explosión. En estos casos, la protección consiste en sustituir el aire, bien por una mezcla gaseosa cuyo contenido de oxígeno sea inferior a la concentración mínima para que la mezcla se inflame bien por un gas inerte, como el nitrógeno. Los gases inertes se han utilizado en silos y en vasijas de reacción de los sectores químico y farmacéutico. En este caso, es preciso tomar las precauciones debidas para garantizar que los trabaja- dores reciban un suministro de aire adecuado.

martes, 29 de julio de 2008

Protección de trabajadores

Los trabajadores que tienen motivos para creer que se encuentran cargados eléctricamente (por ejemplo, cuando desmontan un vehículo en tiempo seco o andan con determinados tipos de calzado), pueden adoptar numerosas medidas protectoras, como las siguientes:
• Reducir la densidad de corriente en la piel, para lo cual basta
con tocar un conductor puesto a tierra con un elemento metálico, como una llave o herramienta.
• Reducir el valor de cresta de la corriente mediante la descarga en un objeto disipador que se pueda tener a mano (un dispositivo de sobremesa o especial, como una muñequera protectora con resistencia en serie).

lunes, 28 de julio de 2008

Medición de la repercusión de un accidente a través de las estadísticas existentes

Los actuales indicadores sanitarios (mortalidad, natalidad, ingresos hospitalarios, bajas laborales por enfermedad y visitas médicas) pueden proporcionar una visión inmediata de las consecuencias de un accidente, siempre que sean estratificables para la zona afectada, lo que no siempre será posible, pues a veces se trata de áreas pequeñas que no se corresponden necesariamente con unidades administrativas. Es probable que las asociaciones estadísticas entre el accidente y un exceso de sucesos inmediatos (que tienen lugar en días o semanas) detectados por medio de los indicadores sanitarios existentes sean causales, pero esto no signi- fica necesariamente que se esté produciendo un efecto de toxicidad (por ejemplo, un exceso de visitas médicas puede estar ocasionado por el miedo y no por la aparición real de la enfermedad). Como siempre, hay que tener cuidado al interpretar cualquier cambio en los indicadores sanitarios.
Aunque no todos los accidentes producen víctimas mortales, la mortalidad es un criterio de valoración fácilmente cuantificable, ya sea mediante el recuento directo (como en Bhopal) o por comparación entre el número de sucesos observados y el previsto (episodios agudos de contaminación atmosférica en zonas urbanas). Determinar que un accidente no está asociado a un exceso de mortalidad inmediata puede ayudar a la hora de evaluar la gravedad de su repercusión y dedicar atención a las consecuencias no mortales. Además, la mayoría de los países disponen de las estadísticas necesarias para calcular la previsión de fallecimientos, que permiten establecer estimaciones en zonas tan pequeñas como las que habitualmente se ven afectadas por un accidente. La evaluación de la mortalidad sobre la base de determinadas afecciones es más problemática, debido a una posible predisposición de los funcionarios sanitarios —conocedores de cuáles son las enfermedades que se espera que aumenten tras el accidente— al certificar las causas de los fallecimientos (predisposición de sospecha de diagnóstico).
En consecuencia, la interpretación de los indicadores sanitarios a partir de las fuentes de datos existentes requiere un cuidadoso plan de análisis específicos, que incluya la consideración detallada de posibles factores de confusión.
En ocasiones, poco después de un accidente, se plantea la conveniencia de crear un registro de cáncer convencional en la población, o un registro de malformaciones. Para estas afecciones concretas, los registros pueden proporcionar una información más fiable que otras estadísticas (como la mortalidad o los ingresos hospitalarios), especialmente si los registros de nueva creación se gestionan de acuerdo con normas internacionales aceptables. Ahora bien, su creación requiere la reasignación de recursos. Además, si tras un accidente se establece un registro completamente nuevo de malformaciones basado en la pobla- ción, lo más probable es que en un plazo de nueve meses no genere datos comparables a los de otros registros, y se producirán una serie de problemas deductivos (en especial, error estadístico del segundo tipo). En última instancia, la decisión se basa en gran medida en la evidencia de carcinogenicidad, embrioto- xicidad o teratogenicidad del peligro o peligros que se han producido, y en los posibles usos alternativos de los recursos disponibles.

domingo, 27 de julio de 2008

Medición de la repercusión de un accidente

No hay duda de que cada accidente requiere una evaluación de sus consecuencias cuantificables o potenciales sobre la población humana expuesta (y sobre la animal, doméstica o salvaje), y puede ser necesario actualizar periódicamente dicha evaluación. Son muchos los factores que influyen en los detalles, extensión y naturaleza de los datos que pueden reunirse para la evaluación. Es fundamental la cantidad de recursos disponibles. A accidentes de la misma gravedad pueden concederse distintos grados de atención en países diferentes, dependiendo de su capacidad para desviar recursos de otros ámbitos sanitarios o sociales. La cooperación internacional puede mitigar parcialmente esta discrepancia: en la práctica, se limita a episodios particularmente dramáticos o que presentan un interés científico especial.
Las consecuencias generales de un accidente sobre la salud pueden ser desde desdeñables hasta graves. La gravedad depende de la naturaleza de las afecciones provocadas por el accidente (que pueden incluir la muerte), de la magnitud de la población expuesta y del porcentaje de población que desarrolla la enfermedad. Los efectos desdeñables son más difíciles de demostrar desde un punto de vista epidemiológico.
Entre las fuentes de datos que deben utilizarse para evaluar las consecuencias de un accidente sobre la salud se encuentran, en primer lugar, las estadísticas ya existentes (antes de plantearse la creación de nuevas bases de datos de población, siempre debería considerarse la posibilidad de utilizar los datos ya reco- gidos). Puede obtenerse información adicional de estudios epide- miológicos analíticos basados en hipótesis, para los cuales las estadísticas existentes pueden ser o no útiles. Si en un entorno laboral no existe una vigilancia sanitaria de los trabajadores, el accidente puede ofrecer la oportunidad de establecer un sistema de vigilancia que finalmente ayude a proteger a los trabajadores de otros peligros potenciales para la salud.
A efectos de la vigilancia clínica (a corto o largo plazo) y del pago de compensaciones, la enumeración exhaustiva de las personas expuestas es una condición sine qua non. Es algo relativamente sencillo de hacer en los accidentes ocurridos dentro de fábricas. Cuando la población afectada puede definirse aten- diendo al lugar en que vive, la lista de habitantes de demarcaciones municipales (o de unidades menores, si es posible) puede ofrecer una aproximación aceptable. La elaboración de un registro puede ser más problemática en otras circunstancias, en particular cuando existe la necesidad de elaborar una lista de personas con síntomas posiblemente atribuibles al accidente. En el episodio de SAT en España, para obtener el registro de las personas que debían incluirse en el seguimiento clínico a largo plazo se utilizó la lista de las 20.000 personas que solicitaban una compensación financiera, y se corrigió posteriormente revisando las historias clínicas. Dada la publicidad que se dio a este episodio, el registro se considera razonablemente completo.
Un segundo requisito es que las actividades encaminadas a medir la repercusión de un accidente sean racionales, estén claramente definidas y sean fáciles de explicar a la población afectada. El período de latencia puede variar de días a años. Si se dan determinadas condiciones, pueden formularse hipótesis a priori sobre la naturaleza de la enfermedad y la probabilidad de su aparición con precisión suficiente para diseñar un programa de vigilancia clínica adecuado y estudios centrados en uno o varios de los objetivos mencionados al principio de este artículo.

Dichas condiciones comprenden la rápida identificación del agente liberado en el accidente, la disponibilidad de un conoci- miento adecuado sobre sus propiedades peligrosas a corto y largo plazo, la cuantificación del escape, y algunos datos sobre las diferencias de susceptibilidad a los efectos del agente entre individuos distintos. En la práctica, raras veces se dan estas condiciones; una consecuencia de la incertidumbre e ignorancia subyacentes es que es más difícil resistir la presión de la opinión pública y de los medios de comunicación para que se dispense una prevención o una intervención médica de dudosa utilidad.
Por último, lo antes posible tras la confirmación de un accidente, es necesario crear un equipo interdisciplinario (incluidos médicos, químicos, higienistas industriales, epidemiólogos, toxicólogos humanos y experimentales) que sea responsable ante la autoridad política y ante el público. En la selección de expertos, hay que tener presente que la gama de sustancias químicas y tecnológicas que pueden intervenir en un accidente es muy amplia, de forma que pueden presentarse varios tipos de toxicidad con diferentes sistemas bioquímicos y fisiológicos.

sábado, 26 de julio de 2008

Pruebas de laboratorio

El recuento de neutrófilos periféricos aumenta a 20.000 o más células por microlitro en pacientes con envenenamiento grave. La hemoconcentración inicial, resultante de la extravasación de plasma (especies de Crotalus y D. russelii de Birmania) va seguida de anemia causada por hemorragia o, rara vez, por hemólisis. La trombocitopenia es habitual tras la mordedura de crótalos (p. ej., C. rhodostoma, Crotalus viridis helleri) y algunos vipéridos (p. ej., Bitis arietans y D. russelii), pero es poco habitual tras la mordedura de especies Echis. Muy útil para determinar la desfibrogenación inducida por el veneno es la sencilla prueba de coagulación sanguínea total. Se colocan unos cuantos mililitros de sangre venosa en un tubo de ensayo de vidrio nuevo, limpio y seco, se deja reposar durante 20 minutos a temperatura ambiente y se inclina para comprobar si la sangre se ha coagulado o no. La sangre no coagulada indica envenenamiento sistémico y puede servir para el diagnóstico de una especie en particular (por ejemplo, especies Echis en Africa). Los pacientes con rabdomiólisis generalizada exhiben un marcado aumento de la concentración sérica de creatinquinasa, mioglobina y potasio. La orina de color marrón o negra indica rabdomiólisis generalizada o hemólisis intravascular. Las concentraciones de enzimas séricas, como la creatin-fosfoquinasa y la aspartato aminotransferasa aumentan moderadamente en pacientes con envenenamiento local grave, probablemente debido a lesiones musculares en el lugar de la mordedura. La orina debe analizarse para determinar el contenido de sangre/hemoglobina, mioglobina y proteínas, hematuria microscópica y recuento de hematíes.

viernes, 25 de julio de 2008

Vipéridos (víboras, culebras, serpientes de cascabel, víboras con cabeza de lanza, mocasines y crótalos)

El envenenamiento local es relativamente grave. La inflamación puede detectarse ya a los 15 minutos, aunque en ocasiones tarda horas en aparecer. Se extiende rápidamente y puede afectar a todo el miembro y al tronco adyacente. Se produce dolor asociado y sensibilidad dolorosa en los ganglios linfáticos locales. En los días siguientes pueden aparecer cardenales, equimosis y necrosis. La frecuencia y gravedad de esta última es notable tras la mordedura de algunas serpientes de cascabel, víboras con cabeza de lanza (género Bothrops), crótalos asiáticos y víboras africanas (géneros Echis y Bitis). Cuando el tejido envenenado está contenido en una zona estrecha, como el espacio pulpar de los dedos en manos o pies o en la zona anterior de la tibia, puede producirse isquemia. Si no se observa inflamación durante las dos horas siguientes a la mordedura de una víbora, existe cierta seguridad de que no se ha producido envenenamiento. Sin embargo, con algunas especies se produce un envenenamiento mortal aun sin manifestación de síntomas locales (p. ej., Crotalus durissus terri- ficus, C. scutulatus y víbora birmana de Russell).
Las alteraciones de la presión arterial son un rasgo común del envenenamiento por vipéridos. La hemorragia persistente en las heridas producidas por colmillos, en los puntos de venopunción o inyección, en otras heridas nuevas o parcialmente cicatrizadas y durante el posparto, indica que la sangre no se coagula. La hemorragia sistémica espontánea suele detectarse en las encías, pero también puede presentarse como epistaxis, hematemesis, equimosis cutánea, hemoptisis o hemorragias subconjuntival, retroperitoneal o intracraneal. Los pacientes envenenados por la víbora birmana de Russell pueden presentar hemorragia en la glándula pituitaria anterior (síndrome de Sheehan).
La hipotensión y el shock son frecuentes en pacientes con mordeduras de algunas serpientes de cascabel de América del Norte (p. ej., C. adamanteus, C. atrox y C. scutulatus), Bothrops, Daboia y especies de Vipera (p. ej., V. palaestinae y V. berus). La presión venosa central suele ser baja y la velocidad del pulso rápida, lo que indica hipovolemia, causada habitualmente por la extrava- sación de líquido en la extremidad en la que se ha producido la mordedura. Los pacientes envenenados por las víboras birmanas de Russell suelen mostrar signos de un aumento de la permeabi- lidad vascular. La presencia de anomalías en el ECG o arritmia cardíaca indican afectación directa del músculo cardíaco. Los pacientes envenenados por algunas especies de los géneros Vipera y Bothrops pueden experimentar desvanecimientos recurrentes transitorios, con signos de reacción autofarmacológica o anafiláctica, como vómitos, sudores, cólico, diarrea, shock o angioedema, que aparecen o apenas transcurridos cinco minutos o muchas horas después de la mordedura.
La insuficiencia renal es la principal causa de mortalidad en pacientes envenenados por víboras de Russell. En el plazo de unas horas pueden presentar oliguria y dolor en los riñones, que indica isquemia renal. La insuficiencia renal es también característica del envenenamiento por especies de Bothrops y C. d. terrificus.
En los pacientes mordidos por C. d. terrificus, Gloydius blomhoffii, Bitis atropos y D. russelii pulchella de Sri Lanka, se observa una neurotoxicidad similar a la provocada por los elápidos, en ocasiones con signos de rabdomiólosis generalizada. La progresión a parálisis respiratoria o generalizada es poco frecuente.