sábado, 21 de febrero de 2009

AVALANCHAS: RIESGOS Y MEDIDAS DE • PROTECCION

Desde que los seres humanos comenzaron a asentarse en zonas montañosas, han estado expuestos a los riesgos inherentes a la vida en la montaña. Entre los peligros más traicioneros se encuentran las avalanchas y los corrimientos de tierras, que se han cobrado víctimas hasta nuestros días.
Cuando las montañas quedan cubiertas por varios pies de nieve en invierno, y se dan determinadas condiciones, una masa de nieve que cubre las laderas empinadas o las cumbres como una espesa manta puede desprenderse del suelo y deslizarse hacia abajo por efecto de su propio peso. Así, inmensas cantidades de nieve caen estrepitosamente en la dirección más recta y se depositan en los valles. La energía cinética liberada produce peligrosas avalanchas, que barren, aplastan o entierran cuanto encuentran a su paso.
Las avalanchas se dividen en dos categorías en función del tipo y estado de la nieve: avalanchas de nieve seca o “polvo” y avalanchas de nieve húmeda o “papa”. Las primeras son peligrosas por las olas de “choque” que desencadenan y las últimas debido a su enorme volumen, pues la mayor humedad de la nieve húmeda aplasta todo cuanto encuentra a su paso, frecuentemente a gran velocidad, llegando a arrastrar secciones del subsuelo.
Pueden surgir situaciones especialmente peligrosas cuando la nieve acumulada en grandes laderas descubiertas de vertientes expuestas al viento se ve compactada por éste. Entonces, suele formarse una cubierta que mantiene una cohesión exclusiva- mente superficial, como una cortina suspendida desde lo alto, y descansa sobre una base que puede producir un efecto de roda- miento de bolas. Si se hace un “corte” en esta cubierta
(por ejemplo, si un esquiador deja un rastro transversal en la ladera) o si por cualquier razón esta delgada capa se rompe (por ejemplo por su propio peso), toda la carga de nieve puede desli- zarse ladera abajo como una plancha, convirtiéndose normal- mente en una avalancha a medida que avanza.
En el interior de la avalancha puede crearse una enorme presión, capaz de arrastrar, destruir o aplastar vehículos y cons- trucciones enteras como si fueran juguetes. Que los seres humanos tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir a un infierno semejante es evidente, pues si no se muere aplastado se tiene muchas probabilidades de morir de asfixia o de frío. Por tanto, no es sorprendente que alrededor del 20 % de las personas atrapadas en avalanchas sean encontradas muertas, aunque se hallen inmediatamente.
La topografía y vegetación de la zona determina la trayectoria de las masas de nieve en su descenso hacia el valle. Los habi- tantes de la zona lo saben por observación y tradición, y en invierno se mantienen alejados de las zonas de peligro.
En otros tiempos, la única manera de escapar a estos peligros era no exponerse a ellos. Las granjas y asentamientos humanos se construían en lugares cuyas condiciones topográficas no permitían la aparición de avalanchas, o que tras años de expe- riencia se sabían alejados de las vías de avalancha conocidas. La gente llegaba a evitar totalmente las zonas montañosas durante el período de peligro.
Los bosques situados en las laderas superiores proporcionan una considerable protección contra estas catástrofes naturales, pues soportan las masas nieve en las zonas amenazadas y pueden restringir, detener o desviar avalanchas ya iniciadas, siempre que no hayan acumulado demasiado impulso.
Sea como fuere, la historia de los países montañosos está salpicada de catástrofes debidas a las avalanchas, que se han cobrado —y siguen haciéndolo— un gran tributo en vidas humanas y bienes. Por una parte, se suele subestimar la velo- cidad e impulso de las avalanchas. Por otra, éstas siguen en ocasiones trayectorias que, tras siglos de experiencia, no se habían considerado como vías de avalancha. Determinadas condiciones climáticas desfavorables, unidas a un determinado tipo de nieve y al estado del suelo (por ejemplo vegetación dañada, erosión o pérdidas de suelo como resultado de lluvias intensas) configuran unas circunstancias que pueden desem- bocar en una de esas “catástrofes del siglo”.
Que una zona esté especialmente expuesta al peligro de avalanchas depende no sólo de las condiciones climáticas, sino —en mayor medida— de la estabilidad de la cubierta de nieve y de si la zona en cuestión está situada en una de las vías o trayec- torias de avalancha habituales. Hay mapas especiales que mues- tran las zonas en que se sabe que se han producido avalanchas o es probable que ocurran como resultado de las características topográficas, especialmente las vías y trayectorias de avalanchas frecuentes. En zonas de alto riesgo está prohibida la construcción.
Ahora bien, estas medidas de precaución han dejado de ser suficientes, ya que, a pesar de la prohibición de construir en determinadas zonas y de toda la información disponible sobre los riesgos, muchas personas se sienten atraídas por las pinto- rescas zonas de montaña y se construye cada vez más, incluso en zonas de reconocido peligro. Además de esta indiferencia o elusión de las prohibiciones de construcción, una de las manifestaciones de la moderna sociedad del ocio es que miles de turistas van a la montaña con fines deportivos o recreativos en invierno, a zonas en que las avalanchas están prácticamente programadas.

La ladera ideal para esquiar es empinada y libre de obstáculos, y debe contar con una alfombra de nieve lo bastante gruesa: condiciones ideales para el esquiador, pero también para que la nieve se deslice hacia el valle.
Si, a pesar de todo, no se pueden evitar los riesgos o éstos se aceptan hasta cierto punto a modo de “efectos secundarios” e indeseables del placer que supone el deporte, es necesario desarrollar medios para hacer frente a estos peligros de otra manera.
Para mejorar las posibilidades de supervivencia de las personas enterradas por avalanchas, es esencial disponer de servicios de rescate bien organizados, teléfonos de emergencia cerca de las zonas de riesgo e información actualizada, tanto a las autoridades como a los turistas, sobre la situación en las zonas peligrosas. Unos sistemas de alarma precoz y una buena organización de los servicios de rescate, con el mejor equipo posible, pueden aumentar considerablemente las posibilidades de supervivencia de las personas enterradas por avalanchas, así como reducir la cuantía de los daños.

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