jueves, 17 de julio de 2008

Llama abierta

La llama abierta es la fuente de ignición más sencilla y frecuente. Gran cantidad de herramientas de uso generalizado y de equipos industriales funcionan con llamas desnudas o dan lugar a la formación de llamas desnudas. Encendedores, cerillas, hornos, aparatos de calefacción, equipos de soldadura , tuberías dañadas de gas y petróleo, etc. pueden considerarse fuentes potenciales de ignición. Dado que, en el caso de la llama abierta, la fuente de ignición primaria constituye en sí misma una combustión auto- mantenida, el mecanismo de ignición significa básicamente la propagación de la combustión a otro sistema. La combustión se inicia cuando la fuente de ignición con llama abierta dispone de suficiente energía como para provocar la ignición.

miércoles, 16 de julio de 2008

Protección contra las descargas electrostáticas




Debe tenerse en cuenta que en esta sección únicamente se abordan la protección de equipo sensible a la electrostática contra descargas inevitables, la reducción de la generación de cargas y la eliminación de éstas. La capacidad de proteger el equipo no suprime la necesidad fundamental de prevenir ante todo la acumulación de carga electrostática.
Como se ilustra en la Figura 40.2 todos los problemas electrostáticos incluyen una fuente de descarga electrostática
(el objeto cargado inicialmente), un blanco que recibe la descarga y el medio por el cual circula la descarga (descarga dieléctrica). Debe subrayarse que el blanco o el medio pueden ser sensibles a la electrostática. Algunos ejemplos de elementos sensibles se recogen en la Tabla 40.6.

martes, 15 de julio de 2008

Puesta a tierra de la electricidad estática

La regla básica de la prevención electrostática es eliminar las diferencias de potencial entre objetos. Para conseguirlo, o bien se conectan entre sí, o se ponen a masa (toma de tierra). Con todo, los conductores aislados acumulan cargas y por lo tanto se cargan por inducción, fenómeno exclusivo de ellos. Las descargas de conductores pueden adoptar la forma de chispas de alta energía y son peligrosas.

Se trata de una regla que se atiene a las recomendaciones en materia de prevención de descargas eléctricas, que también exigen la puesta a tierra de todas las partes metálicas accesibles, como se especifica en la norma francesa Instalaciones eléctricas de baja tensión (NFC 15-100). Para conseguir la máxima seguridad electrostática, que es lo que aquí nos ocupa, esta regla debe generalizarse a todos los elementos conductores. Se incluyen aquí cercos metálicos de mesa, manillas de puertas, componentes electrónicos, depósitos utilizados en las empresas químicas y el chasis de los vehículos que transportan hidrocarburos.
Desde el punto de vista de seguridad electrostática, el ideal sería que todo fuera conductor y estuviera siempre puesto a tierra, a la que se transferirían en todo momento las cargas generadas. En estas circunstancias, todo tendría siempre el mismo potencial, y por lo tanto el campo eléctrico —y el riesgo de descarga— sería cero. Pero casi nunca es posible alcanzar esta situación ideal, por los motivos siguientes:
• No todos los productos que es necesario manipular son conductores, y muchos de ellos no pueden hacerse conductores mediante el uso de aditivos. Así sucede con numerosos productos agrícolas y farmacéuticos, así como con líquidos de gran pureza.
• Hay propiedades convenientes para el producto final, como por ejemplo la transparencia óptica o la baja conductividad térmica, que pueden excluir el empleo de materiales conductores.
• Es imposible disponer una puesta a tierra permanente en equipos móviles como carruajes metálicos, herramientas electrónicas sin cordón, vehículos e incluso operadores humanos.

lunes, 14 de julio de 2008

Clasificación de los accidentes atendiendo a sus consecuencias para la salud

Los accidentes ambientales engloban una amplia gama de sucesos que se producen en las más variadas circunstancias. Se percibe o se sospecha su existencia en primer lugar por cambios ambientales o por la aparición de una enfermedad. En ambos casos, la evidencia (o sospecha) de que “algo puede haber salido mal” puede surgir repentinamente [como el incendio en el almacén de Sandoz en Schweizerhalle, Suiza, en 1986 o la epidemia de lo que luego se denominó “síndrome del aceite tóxico” (SAT) en España en 1981] o de forma soterrada (excesos de mesotelioma tras exposición ambiental —no en el trabajo— a amianto en Wittenoom, Australia). En todos los casos, hay algún momento en que no se halla respuesta a los dos interrogantes fundamentales: ¿Qué consecuencias para la salud se han produ- cido hasta ahora? y ¿qué es previsible que ocurra?
Al evaluar la repercusión de un accidente sobre la salud humana, pueden interactuar tres tipos de factores:

1. el agente o agentes liberados, sus propiedades peligrosas y el riesgo creado por su escape;
2. la experiencia personal de la catástrofe,
3. las medidas de respuesta (Bertazzi 1991).



Puede ser difícil determinar la naturaleza y magnitud del escape, así como la capacidad del material para entrar en los distintos componentes del entorno humano, como la cadena alimentaria o el suministro de agua. Veinte años después del accidente, la cantidad de 2,3,7,8-TCDD liberado en Seveso el 10 de julio de 1976 sigue siendo objeto de controversia. Además, dados los escasos conocimientos sobre la toxicidad de este compuesto, cualquier predicción de riesgo en los días que siguieron el accidente era necesariamente discutible.
La experiencia personal de la catástrofe consiste en el miedo, la ansiedad y el sufrimiento (Ursano, McCaughey y Fullerton 1994) provocados por el accidente, independientemente de la naturaleza del peligro y del riesgo real. Se incluyen tanto cambios conscientes del comportamiento, no necesariamente justificados (como la disminución de la tasa de nacimientos en muchos países europeos occidentales en 1987, tras el accidente de Chernóbil), como condiciones psicogénicas (como síntomas de inquietud en los escolares y soldados israelíes tras el escape de sulfuro de hidrógeno de una letrina defectuosa en un colegio de la orilla occidental del Jordán en 1981). En la actitud ante el accidente influyen también factores subjetivos: en Love Canal, por ejemplo, los padres jóvenes, con poca experiencia de contacto con sustancias químicas en el lugar de trabajo, eran más favorables a evacuar la zona que los padres mayores con hijos ya crecidos.
Por último, un accidente puede tener una repercusión indirecta sobre la salud de las personas expuestas, bien sea por crear peligros adicionales (la inquietud asociada a la evacuación) o, paradójicamente, por generar efectos potencialmente beneficiosos (como el abandono del hábito del tabaco a consecuencia del contacto con los profesionales de la salud).

domingo, 13 de julio de 2008

ACTIVIDADES POSTERIORES A LAS CATASTROFES

Benedetto Terracini y Ursula Ackermann-Liebrich
Los accidentes industriales pueden afectar a los trabajadores expuestos en el lugar de trabajo y a la población cercana a la fábrica en que se produce el accidente. Si el accidente es contaminante, es probable que la población afectada sea incomparablemente mayor que el número de trabajadores, lo que plantea complejos problemas logísticos. En este artículo se abordan dichos problemas, así como los ocasionados por los accidentes agrarios.
Entre los motivos para cuantificar los efectos de un accidente sobre la salud podemos citar los siguientes:
• la necesidad de garantizar que todas las personas expuestas han recibido atención médica (independientemente de que todas ellas requiriesen tratamiento). La atención médica puede consistir en la detección y mitigación de consecuencias adversas clínicamente reconocibles (si las hay), y en la aplicación de medios para prevenir posibles efectos y complicaciones posteriores. Es una tarea obligatoria cuando se produce un accidente en una fábrica, en cuyo caso se sabrá exacta- mente el número e identidad de las personas que trabajan en ella y se podrá efectuar un seguimiento completo;

• la necesidad de identificar a las personas con derecho a una compensación por los efectos del accidente. Es necesario clasificar a los pacientes en función de la gravedad de su enfermedad y de las probabilidades de que ésta haya sido causada por la catástrofe;
• la adquisición de conocimientos sobre la patogénesis de las enfermedades en el ser humano,
• el interés científico de descifrar los mecanismos de la toxicidad en el ser humano, incluidos aspectos que pueden contribuir a una reevaluación, para una exposición dada, de las dosis consi- deradas “seguras” en el ser humano.


sábado, 12 de julio de 2008

Oftalmia venenosa causada por elápidos “escupidores”

Los pacientes “escupidos” por este tipo de elápidos experimentan dolor intenso en los ojos, conjuntivitis, blefarospasmo, edema palpebral y leucorrea. En más de la mitad de los pacientes escupidos por N. nigricollis se observan erosiones en la córnea. Rara vez, el veneno es absorbido en la cámara anterior, causando hipopión y uveitis anterior. La infección secundaria a las erosiones corneales puede producir opacidades permanentes que dificultan la visión o panoftalmitis.

viernes, 11 de julio de 2008

Elápidos (cobras, búngaros, mambas, serpientes de coral y serpientes venenosas australianas)

Las mordeduras de búngaros, mambas, serpientes de coral y algunas cobras (p. ej., Naja haje y N. nivea) producen efectos locales mínimos, mientras que las mordeduras de las cobras escupidoras africanas (N. nigricollis, N. mossambica, etc.) y las cobras asiáticas (N. naja, N. kaouthia, N. sumatrana, etc.) causan inflamación local dolorosa que puede ser extensa, formar cardenales o producir necrosis superficial.
Entre los síntomas neurotóxicos iniciales, antes de que se presenten síntomas neurológicos objetivos, figuran: vómitos, “pesadez” de los párpados, visión borrosa, fasciculaciones, parestesia alrededor de la boca, hiperacusia, cefalea, desvanecimiento, vértigo, hipersalivación, congestión de la conjuntiva y “piel de gallina”. La parálisis se inicia como ptosis y oftalmoplejia externa y aparece ya a los 15 minutos de la mordedura, aunque algunas veces tarda diez o más horas en presentarse.

Posteriormente, el rostro, el paladar, las mandíbulas, la lengua, las cuerdas bucales, los músculos del cuello y los músculos de la deglución sufren parálisis progresiva. La obstrucción de las vías respiratorias puede originar una insuficiencia respiratoria en esta etapa, o posteriormente con parálisis de los músculos inter- costales, el diafragma y los músculos accesorios de la respiración. Los efectos neurotóxicos son totalmente reversibles, ya sea de forma inmediata en respuesta a la administración de antídoto o de anticolinesterasas (p. ej., tras la mordedura de cobras asiáticas, de algunas serpientes de coral de América Latina (Micrurus), y víboras de la muerte australianas (Acanthophis)) o por remisión espontánea en el plazo de entre uno y siete días.
El envenenamiento causado por serpientes australianas produce vómitos inmediatos, cefalea, síncope, neurotoxicidad, trastornos hemostáticos y, con algunas especies, cambios en el ECG, rabdomiólisis generalizada e insuficiencia renal. La dilatación dolorosa de los ganglios linfáticos regionales indica que el envenenamiento sistémico es inminente, pero por lo común los síntomas locales no existen o son leves excepto tras la morddura de las especies de Pseudechis.